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miércoles, 24 de febrero de 2016

Gol de Señor

En una época en la que nos hemos acostumbrado al caviar, cabe recordar que, durante muchísimos años nos estuvimos alimentando de patatas cocidas. De vez en cuando, para acompañar, nos encontrábamos con un filete bien apañado y nos creíamos estar nadando en la opulencia. En el fútbol de hoy, la selección española es una referencia a nivel mundial. Las dos Eurocopas y el Mundial ganados durante la última década nos acreditan. Y, sobre todo, nos acredita un estilo que nos han convertido en únicos.

Pero hubo un tiempo en el que nos aferrábamos equivocadamente a una furia que jamás daba resultado. Viajábamos a los campeonatos pronosticando el día que regresaríamos a casa y, más temprano que tarde, terminábamos acertando en nuestros pronósticos. En ese oasis de logros importantes, nos conformábamos con cualquier victoria épica. Y para nuestra generación no hubo victoria más celebrada que aquella ante Malta el día veintiuno de diciembre de 1983.

Para ponernos en situación digamos que España necesitaba ganar a Malta por once goles de diferencia si quería clasificarse para la Eurocopa a celebrar en Francia durante el verano siguiente. Aquel era el último partido del grupo y, a diferencia de ahora, estos partidos no se jugaban en simultáneo con los de los rivales del mismo. El principal rival en la clasificación era Holanda, quien se había repartido similiares triunfos con España con la diferencia de que ellos habían hecho diez goles más. Para empatarles a puntos había que ganar. Para sobrepasarles en el goal average, había que ganar por once goles. Nadie confiaba en ello.

Y menos se confiaba aún cuando el final de la primera parte reflejaba un exiguo tres a uno a favor. El pesimismo se acrecentaba cuando nos acordábamos de que incluso habíamos errado un penalti. No estábamos para concesiones, poer las estábamos cediendo. Sin embargo, como una brújula manipulada con un imán, la aguja viró de golpe y apuntó al norte. Fueron entrando los goles. A los tres que había anotado Santillana en el primer tiempo se sumaron otro más del cántabro, cuatro del Poli Rincón, dos de Maceda y uno de Sarabia. Quedaban cinco minutos para el final y solamente faltaba un gol para completar la gesta. Hubiese sido demasiado cruel terminar así.

Entonces ocurrió lo que ya todos estábamos esperando. Un balón suelto le llegó a Juan Señor, centrocampista del Real Zaragoza, en el borde del área y Juan Señor la pegó con el alma. La pelota entró mordida, junto al palo y todos nos abrazamos en los salones de nuestras casas. Aquel gol y aquel gallo mítico del locutor José Ángel De la Casa mientras perdía la voz relatando el momento, se grabaron para siempre en la memoria colectiva de un país que tuvo que esperar casi tres décadas para comenzar a celebrar títulos de verdad.

martes, 10 de marzo de 2015

Javier, mete el micro ahí



El Estudiantes de los noventa era un equipazo. No llegaba a la altura de los tres grandes (Real Madrid, Barcelona y Joventud) porque ellos eran aún más un equipazo. Lo cierto es que el nivel de la ACB era altísimo y por ello resultaba muy atractivo visionar cualquiera de los partidos que ofrecía el segundo canal de televisión española cada domingo por la mañana.

Si estudiantes era un equipo estupendo, poco menos se podía decir del TDK Manresa. Aquel equipo ganaría la Copa del Rey esa misma temporada y terminaría ganando la liga ACB la temporada siguiente. Su jugador más emblemático, el incombustible Chichi Creus, anotó un triple a falta de tres segundos en el Palacio de los Deportes de Madrid y puso el choque ante Estudiantes con dos puntos arriba a favor de su equipo.

 Estudiantes solicitó el correspondiente tiempo muerto, aunque no quedaba mucho tiempo para planificar una jugada que no necesitara de un milagro, pero este, aunque pareciese inconcebible, ocurrió. El balón le llegó a Carlos Jiménez que, desde el centro del campo y con el tiempo aparentemente cumplido, anotó una canasta limpia. Seguidamente se desató la locura, los jugadores de Estudiantes acudieron a abrazar a su capitán y el banquillo del TDK se encaró de manera furibunda con la mesa de técnicos.

Ante el alboroto generado y al no habiéndose enterado de nada el telespectador de lo que se estaba comentando en el agolpamiento generado en torno a la mesa técnica, Ramón Trecet, mítico comentarista deportivo de la televisión pública, comenzó a espetar a su compañero a pie de pista que se entrometiese en el lío e hiciese llegar al espectador todo lo que se estaban diciendo.

Y se volvió, literalmente, loco.

- ¡Javier! ¡Mete el micro ahí!

Y Javier, como todos pudimos comprobar, no supo ni donde meterse.

lunes, 10 de septiembre de 2012

El manillar de triatleta

Los veranos de los años ochenta eran Tour de Francia y playa. La playa, para los madrileños, solía reducirse algún lugar de la costa valenciana y el Tour de Francia, para los españoles, era Perico Delgado, con sus glorias y sus miserias.

El Tour de 1989 nos volvió a poner sobre la realidad de lo que era Perico Delgado como ciclista. Era un escalador excelso, un loco de los descensos que alternaba días de almohadilla con otros de puerta grande. Cuando en aquel prólogo de Luxemburgo le vimos llegar a la línea de salida con casi tres minutos de retraso, todos supimos al instante que aquel año, como en otros atrás, nos iba a tocar la de arena.

Fue un Tour extraño, sin un patrón claro y con dos ganadores de la carrera jugándose el pan hasta la última semana. Cada segundo arañado por Lemond era respondido con un ataque feroz de Fignon. Todo ello hasta que, a cuatro jornadas del final, Fignon dejó a sus rivales camino de Villard de Lans y dejaba prácticamente sentenciada la carrera. De nada sirvió el intento de un desesperado Lemond durante la etapa posterior. El francés ya saboreaba el título y se mostraba arrogante ante los ojos del mundo.

La mañana del veinticuatro de julio los españoles nos levantamos con unas imágenes que dañan nuestro orgullo patrio. El altivo Fignon, molesto por la presencia de una cámara de Televisión Española en la estación de tren donde arriva el equipo Super U, lanza un escupitajo contra el objetivo mientras pone ojos de demonio. Con ello, Fignon se convirtió, de repente en el villano de todo un país. Y cuando alguien tiene un villano su primer objeto es desear su derrota.

La etapa final era una rara avis en una carrera tan tradicional como el Tour de Francia. Veintiún kilómetros contra el crono separaban Versalles de París. Poco después de que todos los corredores tomasen la salida, pudimos comprobar un nuevo elemento revolucionario que, a la postre, terminó por cambiar la historia. Fignon, con todo su desarrollo puesto, pedaleaba a golpe de riñón mientras sujetaba sus manos en los extremos del manillar y dejaba que el viento peinase su pelo rubio. Lemond, por su parte, se sujetaba sobre un manillar en forma de arco sujeto sobre la parte central de la bici. Encorvado, y rodando a una velocidad mayor, cortaba el viento gracias a sus postura a un casco con forma de pico en sus extremo.

La exhibición de Lemond se convirtió, por derecho propio, en uno de los mayores acontecimientos del deporte de nuestra infancia. La desventaja de cuarenta y un segundos la tornó en una ventaja final de cuarenta y nueve, lo que le permitió ganar el Tour por ocho segundos de diferencia. Cuando vimos a Fignon derrotado, en el suelo, no pudimos evitar esbozar una maliciosa sonrisa. Nos encanta encontrar villanos y, aún más, nos encanta ver como terminan siendo derrotados.