jueves, 31 de mayo de 2018

El cuponazo


Durante un par de semanas, la televisión nos alertó con un anuncio sorpresivo. Cada vez que la película o el programa de turno se iban a publicidad, aparecía una interminable fila de personas que, esperando alguna novedad, iban esperando algún tipo de suceso. Lo que ocurría realmente, nos lo mostraron poco después. Fue el nacimiento del Cuponazo de la ONCE, un cupón diario en beneficio de la Organización de Ciegos, en el que se podían ganar premios que, en el momento, eran sorprendentes. Ante la novedad, la primera persona de la fila caía desmayada por la impresión y, en un efecto dominó que nos resultó divertido, iba tirando, una detrás de otra, a todas las personas de la fila. Recuerdo que, durante varios días, en el recreo del colegio, toda la clase nos poníamos en fila y jugábamos a tirarnos los unos a los otros igual que lo hacían los tipos del anuncio de la ONCE. Y al tiempo, tarareábamos "Es la ilusión de todos los días...".

miércoles, 18 de abril de 2018

Los payasos de la tele

- ¿Cómo están ustedes?

La pregunta, entonada en voz firme, casi cómica y con acento familiar, era repetida una y otra vez por cada uno de los mientros de la troupe. Los niños, entusiasmados en su particular grada de circo televisivo y ensimismados frente al televisor, respondían un sonoro "bieeeeeeeen" que repetían con firmeza después de cada pregunta.

La infancia es el lugar donde se gestan los sueños. La risa es el camino más sencillo hacia la ilusión. Durante años, estos cuatro tipos se presentaban cada semana ante nosotros con la intención de hacernos reír y de hacernos pensar. Nos enseñaron canciones, nos enseñaron frases, nos enseñaron lecciones.

Yo no conocí a Fofó, el verdadero padre televisivo de una generación de niños que creció soñando una España nueva. Mis recuerdos se pierden en el serio Gaby, el confuso Miliki, el torpe Fofito y el mudo Milikito. Este último, aquel personaje que aparecía con un cascabel y se hacía entender por señas, terminó convirtiéndose en magnate de la televisión. Emilio Aragón, el doctor Martín, para más señas.

Esa es otra historia de nuestra televisión. La de hoy nos evoca a una época donde aprendimos a soñar y, sobre todo, aprendimos a reir.

jueves, 19 de octubre de 2017

Pulgarcito




Una de las cosas que más me gustaban de ir a casa de mis tíos era que mi primo siempre tenía el último ejemplar de la revista “Pulgarcito”. En ella, se desgranaba, a través de varios cuentos dibujados en viñetas, las historias del pequeño Pulgarcito además de otras más que, a modo de acompañamiento, nos iban haciendo más amenos los ingenios del joven aventurero. De esta manera, conocíamos a tipos tan peculiares como Tete Cohete, el Repórter Tribulete, Los Pitufos, Pitagorín o el perro Lanitas. Todos, de una u otra manera, nos iban descubriendo nuevas maneras de vivir el mundo y, sobre todo, nuevas enseñanzas a la hora de afrontar los problemas. Huelga decir que cada vez que regresaba a casa de mis tíos, volvía a abrir el cajón y allí estaba, como siempre, esperándome, el último ejemplar de la revista “Pulgarcito”.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

El Tato Abadía

En tiempos de analogía y sueños de papel, los niños crecíamos en la calle, inventábamos juegos y, cuando llegaba el verano, coleccionábamos cromos. No era una tarea sencilla; en primer lugar había que contar con el beneplácito económico de nuestros padres. Los sobres costaban diez pesetas, pero sumando de diez en diez, la colección se podía marchar a un pico y no a todos los padres les hacía gracia lo que ellos consideraban un despilfarro. Y, en segundo lugar, había que hacer frente, con resignación, a la colección de cromos repetidos que salían, en bucle y sin parar, un sobre tras otro.

Por eso, era común ver a cualquier chaval del barrio con un enorme taco de cromos repetidos y abordándonos para comprobar si, entre los nuestros, había alguno de los que a él le faltaban para la colección. Al ritmo de "sile, sile, nole, nole", pasábamos los cromos con destreza e íbamos intercambiándonos postales con el fin de terminar de rellenar un álbum que, en la mayoría de las ocasiones, siempre terminaba con algún hueco vacío.

Entre las estampas había auténticos adonis y estrellas del balompié. Nos fascinaban los últimos fichajes y presumíamos de cromo si nos tocaban tipos como Butragueño, Futre o Lineker. Pero en aquel fútbol de los ochenta también había tipos de perfil bajo y aspecto bizarro. Los hombres que perdían el pelo no se rapaban la cabeza buscando metrosexualidad y donde hoy vemos barbas hipsters entonces había bigotes poblados y viriles. Eran futbolistas que se manchaban de barro y bebían cerveza después de los partidos. No les importaba carecer de abdominales porque sólo se preocupaban de llegar al balón antes que el rival.

Entre aquellos tipos feotes y chaparros, destacaba un centrocampista que se desenvolvía sobre la banda derecha del Logroñés. Abadía, apodado "El Tato", era un futbolista cumplidor de bigote negro, calvicie prominente y piernas arqueadas. Se manejaba de maravilla sobre el barro de Las Gaunas en invierno y era un soldado abnegado durante la larga temporada. Entre sus logros, guarda en la memoria, un tiro de volea en el Bernabéu que acabó en gol. El día que el Logroñés empató a dos en Chamartín y saltó la banca.

miércoles, 20 de julio de 2016

Emilio Butragueño


Generalmente, el fútbol español había estado trufado por tipos duros y de rictus serio. Tipos que no fiaban y que disparaban antes de preguntar. Bigotes hoscos, mandíbulas cuadradas, cejas rotas y algún diente perdido en el césped embarrado de algún estadio del norte. A medida que el fútbol anglosajón iba modernizando sus mitos, los nuestros seguían siendo tipos serios que se tomaban el fútbol como una cuestión de vida o muerte, ignorando que, como bien dijo Bill Shankly, es algo mucho más importante que todo eso.

En la primavera de 1983 debutó en Primera División y tipo antagónico. Era bajito, endeble, guapo y tímido. Parecía, a priori, que tenía todas las condiciones para fracasar, pero triunfó. Lideró, junto a una pandilla de amigos, el mejor equipo del Real Madrid en mucho tiempo y se convirtió en la punta de lanza de la selección Española. El chico, de apellido Butragueño y apodado "El Buitre", deslumbró al mundo durante una madrugada en la que nos mantuvo en vilo a los cuarenta millones de españoles. Era una tarde soleada en la ciudad mexicana de Querétaro y el chico le hizo cuatro goles a Dinamarca en el partido de octavos de final del campeonato del mundo.

No tardó en convertirse en icono pop y en el objeto de deseo de millones de jovencintas. Las madres le bautizaron como el yerno perfecto y los chicos, en el descampado, intentábamos imitar sus regates en seco. Muchos se cosían un número siete en una camiseta blanca y los que éramos del Atleti hubimos de sufrir sus genialidades durante más de un lustro. Tipos como él le cambiaron la cara al deporte español.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Superpop


Durante muchos años, la revista Superpop se convirtió en el semanario de cabecera de las adolescentes españolas. Con una portada donde, generalmente, se mostraba al hombre guapo del momento, la revista intentaba captar la atención de las chicas haciéndolas creer que siguiendo sus pasos conseguirian convertirse en las princesas que soñaron de niñas.

Lo que en principio nació como una revista musical se fue convirtiendo en un magacine de tinte sensacionalista donde con una portada con la foto del guapo oficial del momento, intentaban atraer a los adolescentes, siempre tan dados al fenómeno fan.

Con el tiempo, la tirada fue disminuyendo, hasta que la Superpop se convirtió en una imagen más dentro de la demografía agreste de cada kiosko. Pero atrás quedaban miles de poster en miles de habitaciones y cientos de test realizados por cientos de chicas dispuestas a perseguir una quimera.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Gol de Señor

En una época en la que nos hemos acostumbrado al caviar, cabe recordar que, durante muchísimos años nos estuvimos alimentando de patatas cocidas. De vez en cuando, para acompañar, nos encontrábamos con un filete bien apañado y nos creíamos estar nadando en la opulencia. En el fútbol de hoy, la selección española es una referencia a nivel mundial. Las dos Eurocopas y el Mundial ganados durante la última década nos acreditan. Y, sobre todo, nos acredita un estilo que nos han convertido en únicos.

Pero hubo un tiempo en el que nos aferrábamos equivocadamente a una furia que jamás daba resultado. Viajábamos a los campeonatos pronosticando el día que regresaríamos a casa y, más temprano que tarde, terminábamos acertando en nuestros pronósticos. En ese oasis de logros importantes, nos conformábamos con cualquier victoria épica. Y para nuestra generación no hubo victoria más celebrada que aquella ante Malta el día veintiuno de diciembre de 1983.

Para ponernos en situación digamos que España necesitaba ganar a Malta por once goles de diferencia si quería clasificarse para la Eurocopa a celebrar en Francia durante el verano siguiente. Aquel era el último partido del grupo y, a diferencia de ahora, estos partidos no se jugaban en simultáneo con los de los rivales del mismo. El principal rival en la clasificación era Holanda, quien se había repartido similiares triunfos con España con la diferencia de que ellos habían hecho diez goles más. Para empatarles a puntos había que ganar. Para sobrepasarles en el goal average, había que ganar por once goles. Nadie confiaba en ello.

Y menos se confiaba aún cuando el final de la primera parte reflejaba un exiguo tres a uno a favor. El pesimismo se acrecentaba cuando nos acordábamos de que incluso habíamos errado un penalti. No estábamos para concesiones, poer las estábamos cediendo. Sin embargo, como una brújula manipulada con un imán, la aguja viró de golpe y apuntó al norte. Fueron entrando los goles. A los tres que había anotado Santillana en el primer tiempo se sumaron otro más del cántabro, cuatro del Poli Rincón, dos de Maceda y uno de Sarabia. Quedaban cinco minutos para el final y solamente faltaba un gol para completar la gesta. Hubiese sido demasiado cruel terminar así.

Entonces ocurrió lo que ya todos estábamos esperando. Un balón suelto le llegó a Juan Señor, centrocampista del Real Zaragoza, en el borde del área y Juan Señor la pegó con el alma. La pelota entró mordida, junto al palo y todos nos abrazamos en los salones de nuestras casas. Aquel gol y aquel gallo mítico del locutor José Ángel De la Casa mientras perdía la voz relatando el momento, se grabaron para siempre en la memoria colectiva de un país que tuvo que esperar casi tres décadas para comenzar a celebrar títulos de verdad.